Como dice mi cómico preferido, Ignatius Farray, estoy viviendo un calvario, no aprendo. Voy de una y entro en otra. Esta es la primera entrada que escribo de un carácter más personal e introspectivo, y la verdad que me siento extraño. Antes sí he escrito sobre mis sentimientos, pero nunca los he publicado en la red, se quedaron en un word y ya está. Escribir te ayuda a clarificar ideas y ordenar pensamientos y emociones, y publicarlas aquí creo que puede servirme para conocerme mejor y los mecanismos que ponen orden a mi cabeza. Quién sabe, también puede que esto sirva para ayudar a alguien que en un futuro se encuentre, espero que de casualidad, con este escrito. Y esa idea me llama.
Lo dicho, no aprendo. Salí de una relación hace unos 10 meses, quemadísimo, con ganas de vivir por mí mismo y disfrutar de la vida sin pensar en las responsabilidades que acarrea una relación. Quería ser libre. Y por un momento lo conseguí. Pasé unos meses increíbles, de los mejores de mi vida, haciendo lo que quería, fluyendo. No obstante, hay una parte de mí que comenzó a crecer, un sentimiento de cierta soledad, un sentimiento de que no me sentía completo. Ya me he sentido así antes, y se debe en gran medida a que no sé en qué quiero trabajar. Estudio, tomaré un camino hacia la educación el curso que viene, pero sé que eso, a día de hoy, no me llena. Y no me quejo, es complicado encontrar la vocación de tu vida. Siento envidia sana de las personas que la tienen, me gustaría ser como ellos. Vivimos amparados por un sistema en el que se vive para trabajar, no se trabaja para vivir, y lo único que sé de mi futuro es que voy a orientar mi vida lo máximo posible, en la medida que pueda, hacia la segunda frase. Qué bien se está al sol, en una terraza, tomando algo con un amigo o familiar. Qué bien se está en el sofá viendo una película, una serie o un deporte. Qué bien se está leyendo. Qué bien se está practicando deporte. Y sobre todo, que bien se está yéndote a la cama sabiendo que eres feliz.
Realmente, no muchas veces en mi vida me he acostado con esa sensación. Hasta hace bien poco he sido una persona que relativiza y satiriza todo lo que le ocurre, como método para evitar los problemas de mi vida y no enfrentarlos cara a cara. Básicamente, los tocaba de refilón y miraba hacia otro lado. Por culpa de esta tendencia mía, que también tiene sus cosas buenas, como todo, llegué a los 19 años sin conocerme realmente. Y, cuando no te conoces, no sabes qué es lo que te llena, qué es lo que te hace feliz, qué es lo que quieres hacer, y cómo te sientes. Ésta última es peligrosa, por ejemplo en el tema de las relaciones. Me planté en relaciones en las que no sabía exactamente qué era lo que quería, si de verdad quería a esa persona, y acabé haciendo daño a gente solo porque no sabía conocerme; desvié el problema, y me metí a saco en algo que realmente no deseaba. Lo bueno de ello es que aprendo de mis errores, aunque para entrar en ello necesité ayuda psicológica. Lo recomiendo a todo el mundo, ir a un psicólogo te abre los ojos en muchos sentidos, pero, eso sí, tú tienes que tener el ánimo y la actitud para hacerlo. Tras mi año de terapia psicológica me encontré sano mentalmente: comencé a conocerme mucho más, y hacía y decía cosas con las que me sentía más identificado. En definitiva, conformé una identidad propia más allá del mundo de las bromas ácidas y la sátira, y puedo decir a día de hoy que sí me conozco. Me complejicé, comprendí las cosas intrínsecas que ocurrían en mí, y con ello he podido ayudar más a las personas de mi alrededor, pues cuando estás sano y con la mente despejada, eres mejor en todos los sentidos.
Es por eso que, tras los meses posteriores a la ruptura de la relación mencionada a comienzos del segundo párrafo (3 años ni más ni menos), me puse a analizar qué ocurría, no desvié el problema como hubiera hecho en el pasado. No me escondí en mi coraza de humor y sátira (con la gente de alrededor lo sigo haciendo, bastante menos, pero lo sigo haciendo, es conmigo mismo cuando ya casi no lo hago), y me paré a pensar. Llegué a la conclusión de que tampoco eran unas sensaciones muy malas y que es intrínseca al ser humano de las sociedades occidentales sentirse solo en ocasiones, pues nos individualizan a medida que vamos cumpliendo años. Y así pasaron los meses, feliz, contento, con momentos malos que me afectaban de vez en cuando, pero conociendo mis sentimientos y especulando en nuevas cosas que la vida me ofrecía, pero siempre con conocimiento de causa para no hacer daño a otras personas. Desde julio de 2019 me dije que no estaba preparado para tener una relación en bastante tiempo, pues me encontraba muy quemado y, joder, no me veía capaz de enamorarme más de lo que lo estaba de la persona con la que no funcionó mi relación. No pensaba que fuera a pasarme con otra persona, aunque saliera con ella, porque lo que sentí por ella fue demasiado grande. Pues bien, esta idea se está tambaleando.
Llevo casi un mes que no me entiendo. Intenté enamorarme unos meses antes, en una relación que no cuajó, pero lo intenté porque creía que podía ser posible. Mi carácter idealista me hizo olvidarme un poco lo que me juré en julio, pero volvió a asentarse la razón poco tiempo después y mi corazón dijo basta. Pero ahora este cabrón me da este vuelco. No te entiendo tío, lo prometo. Gracias a este carácter reflexivo y de introspección que me ha aportado la psicóloga me he dado cuenta de lo que ocurre dentro de mí, pero es que no lo entiendo. No lo entiendo, no aprendo. ¿Por qué ahora? Estoy sintiendo en estas últimas tres semanas cosas que solo he sentido hace cinco años. No paro de pensar en ella, muchas cosas que hago me recuerdan a ella, me dan ganas de dejar de hacer mi rutina habitual solo para quedar con ella. En el 80% de las cosas que pienso está ella. Una parte de mí dice: "tírate a la piscina, juégatela, si es así como te sientes dilo, no haces daño a nadie". Pero otra, más prudente, dice que me calle, que lo deje estar, que intente que "se me pase". No va a funcionar, sería liar algo que, en el caso que ocurriera, podría traer más mal que bien. Ella se va en unos meses, no tiene intención de hacer vida en Sevilla, al contrario que yo. Formamos parte del mismo grupo de amigos, en el que hay dos ex (sisi en mi caso todo queda en casa, vaya puntería). Ella acaba de salir bastante escaldada de una relación, no debe tener la mínima gana de meterse en otro lío, y encima de este calibre. Pero no puedo evitar ilusionarme. Pensar que sí podría ser, que las cosas en la vida no son tan cuadriculadas, que fluya, que haga lo que sienta. Hay factores que invitan al fracaso, pero que se puede luchar por lo que quieres. Conectamos tan bien. Tenemos mucha química, y eso me hace más difícil querer dejar distancia entre los dos. Pero es que estoy tan a gusto. Me podría pasar horas hablando con ella, o solo mirándola. No en plan creepy eh. Me pierdo cuando la miro, la verdad, aceptando el calibre de la pastela que acabo de soltar. Pero debo dejar distancia. Sé que debo, es lo justo, es lo mejor para mi yo del futuro, para cuando ella se vaya. Si sigo, porque estoy percibiendo que mis sentimientos van a más, lo puedo pasar muy mal. Debo poner distancia, debo dejar de proponerle planes, debo, debo, debo. Pero el "debo", como tantas veces que nos pasa en la vida, nos dice algo distinto al "quiero". Quiero justo lo contrario, me dan igual que los sentimientos de ella me den de bruces con la realidad. Quiero verla todos los días, hablar con ella todos los días, aprovechar el tiempo con ella hasta que se vaya, y después, comerme el puré en el que se habrá convertido mi corazón para entonces. Se podría decir que es masoquismo, pero lo superaría, claro que sí, tardaría lo mío, pero lo superaría. Y cuando llegue ese momento me habrá compensado por mil el haber aprovechado el tiempo con ella. El tema es, ¿compensará de verdad? No lo puedo saber, así es la vida, y lo prefiero en verdad, si nos dan todo hecho no hay jugo, no hay chicha. Termino este texto habiendo aclarado muchas cosas, pero mi conclusión sigue difusa: apartarme y distanciarme, o aprovechar los meses que voy a poder verla asiduamente. Ahora mismo solo sé a ciencia cierta que en mí se están despertado unos sentimientos que, si son correspondidos, te hacen la persona más feliz del planeta, pero que si no lo son, te hacen la más desdichada.
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